“Yo lo hago por amor a mis hijos”

Un artículo de Glenda Elena Quintero, Max García Pérez, Ezequiel Amoretty

La mayoría de las mujeres que deciden vender su cuerpo toman esta difícil decisión por las necesidades que están  pasando. En Nicaragua gran parte de los trabajos son informales, siendo así las plazas de trabajos inestables.

“He tenido que vender mi cuerpo por el amor que les tengo a mis hijos, el amor de una madre nos lleva a hacer cosas que jamás pensamos hacer”, comentó una trabajadora sexual del mercado Israel Lewites a la que llamaremos Chela por seguridad.

La Chela comenzó a prostituirse por la necesidad de un empleo. Foto: Max García
La Chela comenzó a prostituirse por la necesidad de un empleo. Foto: Max García

Ella entró  al camino de la prostitución hace más de un año, el principal motivo que la arrojó a tomar esta difícil decisión fue la pobreza, la falta de un trabajo con buenos ingresos, ya que su marido cayó preso hace 5 años, y él era el pilar fundamental de su familia.

Con el rostro maquillado, tacones altos, faldas y vestidos muy cortos así es que comienza la vida nocturna  día a día  de las mujeres que ofrecen su servicio sexual en los distintos puntos de la capital Managua.

Se estima que en Nicaragua existen unas 14,800 trabajadoras sexuales, según el Ministerio de la Salud.

En la capital existen más de 15 lugares donde se ofrecen servicios sexuales, estos van desde night clubs, hasta bares, calles, callejones y mercados de la ciudad.


Discriminación por el oficio

En Nicaragua el trabajo sexual no es ilegal, sin embargo este mismo genera cierta desventaja y vergüenza para las mujeres que trabajan de esta manera,  pese al trabajo que realizan.

Muchas lo hacen por necesidad, otras por ganar dinero fácil y rápido. No importa porque lo hacen, a muchas las lleva a pasar situaciones desagradables y vergonzosas, las golpean, las violan, las ofenden.

‘‘A veces tengo que atender a clientes que están tomados, casi siempre me ofende, quieren humillarme, y a mí me toca por así decir obedecer porque necesito el dinero y no quiero que mi hija pase por lo que yo he pasado”, afirmó la Chela, trabajadora sexual.

“Este trabajo es criticado y a nosotras nos discriminan, pero la sociedad no recrimina a nuestros clientes que son quienes nos buscan y demandan de nuestros servicios sexuales”, dijo  Elena Eva Reynaga,  secretaria ejecutiva de la Red de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe.

La Chela tiene pensado dejar de vender su cuerpo cuando su marido salgo de prisión.
La Chela tiene pensado dejar de vender su cuerpo cuando su marido salgo de prisión. Foto: Max García

“Yo intenté sacar a mis tres hijos adelante sola, pero cuando mi hija mayor entró a la universidad el dinero no me daba. Tenía que pagarle la mensualidad a ella, y mis otros dos hijos también estudiaban en la secundaria. Desde entonces he tenido que vender mi cuerpo por el amor que les tengo a ellos, si fuese necesario daría mi vida por mis hijos,  el amor de una madre es capaz de todo”, expresó la Chela.

La mayoría de las trabajadoras sexuales viven en familias numerosas que dependen de ellas, tienen de tres a cinco hijos y son madres solteras, dividen sus ganancias en gastos como comida, escuela, vestimenta y otros.

Aunque Nicaragua cuenta con una ley de protección contra la  violencia hacia las mujeres, Ley 779, el sector femenino que se dedica a ofrecer servicios sexuales, muchas veces  son obligadas por su cónyuge a prostituirse y ellas son los pilares  fundamentales del hogar.

Gran parte de la sociedad discrimina a las trabajadoras sexuales, sin saber cuáles fueron los motivos que las llevaron hasta este camino y que como principal motivo para dar el todo por el todo son sus hijos.

 

 

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